Sputnik, mi amor

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Sputnik, mi amor

Haruki Murakami

Leído en 2026 ·2002 · 248 páginas

¿Cuál es la diferencia entre un signo y un símbolo? Sputnik, mi amor es una historia que no puede ser. Una especie de triángulo amoroso roto por todos lados. Una historia de metáforas, de sueños incumplidos de lo que pudo haber sido. En ella, Murakami hace uso de una fuerte tendencia a los símbolos, a ese realismo mágico tan propio de él, que introduce siempre de manera excepcional sin que el lector casi se dé cuenta.

No voy a entrar demasiado en el argumento del libro porque es corto y tampoco quiero destriparlo. Sí que me gustaría remarcar lo muchísimo que me ha gustado la escena de la noria: cómo, en unas pocas páginas, la historia cambia y las preguntas que arrastras desde el inicio encuentran de repente una respuesta, pero sobre todo me ha encantado la originalidad de lo que el autor nos propone en ese momento. También destaca para mí la relación utópica de Sumire y el protagonista. Su respeto, su comunicación. Sputnik, mi amor está plagado de escenas melancólicas y llenas de soledad, además de frases y momentos que son más de lo que dejan ver. Un libro fácil de leer, rápido. Sin duda un gran libro.

“Me besó dulcemente en la frente y me dijo que lo sentía. Que era sólo que yo le gustaba. Que había dudado mucho, pero que no había podido evitarlo. “Tú también me gustas”, le dije. “Así que no te preocupes por nada. Sigo queriendo que estés a mi lado.” »Luego, Sumire permaneció mucho rato con la cabeza hundida en la almohada, derramando las lágrimas contenidas durante largo tiempo. Mientras tanto, yo le acariciaba la espalda desnuda. Desde el cuello a la cintura, sintiendo la forma de sus huesos, uno a uno, bajo las yemas de mis dedos. También yo hubiese querido llorar. Pero no podía. »Y entonces lo comprendí. Habíamos sido unas magníficas compañeras de viaje, pero, en definitiva, no éramos más que dos solitarios pedazos de metal trazando su propia órbita cada una. Desde lejos parecían bellos como estrellas fugaces. En realidad, sólo éramos prisioneras sin destino encerradas cada una en su propia cápsula. Cuando las órbitas de los dos satélites se cruzaban casualmente, nos encontrábamos. Quizá simpatizábamos. Pero sólo duraba un instante. Momentos después volvíamos a estar inmersas en la soledad más absoluta. Y algún día arderíamos y quedaríamos reducidas a nada.”