Yo que nunca supe de los hombres

Cuarenta mujeres en un sótano, compartiendo días y noches y a pocos metros de ellas unos vigilantes. Nada está permitido, ellas no pueden salir, no pueden tocarse ni hacer otra cosa que no sea cumplir con su monótona rutina. No saben por qué están ahí, no saben cómo llegaron; ni siquiera hablan de ello. Un día todo cambia y recuperan su libertad, pero ¿se es libre en un mundo donde no hay nada que hacer?
El libro está narrado en primera persona por una mujer —tan solo una niña cuando fue encerrada en aquel sótano y la más joven de las cuarenta— y ahonda de manera brillante en la libertad, en el significado de las costumbres y en lo que nos hace humanos. La autora, Jacqueline Harpman, consigue que, al leer el libro, sintamos como propias las dudas de las protagonistas.
Ágil, sin demasiados diálogos pero con un argumento y una premisa de lo más interesante. Sin entrar demasiado en detalles, me ha gustado mucho la reflexión que plantea, o que hace que el lector se plantee. En un mundo sin personas, sin animales, sin nada más que comida y refugio, ¿qué nos queda? Sin posibilidad de crear arte, por falta de herramientas y de conocimientos, sin posibilidad de interacción con nada más que ellas mismas, esa pérdida de las ganas de vivir, de hacer algo, me ha parecido que estaba muy lograda. Otra cosa que hace muy bien Harpman es cómo se puede palpar la angustia y el aburrimiento de las mujeres en todo momento, creo que incluso de una forma mejor que si ellas mismas lo hubieran narrado. Al estar toda la historia contada por la más pequeña, ajena al mundo previo, a sus reglas y expectativas, se consigue una desconexión entre el pasado y el presente que funciona de maravilla.
En definitiva, un libro que me ha gustado, con una premisa diferente y que no tira de clichés en ningún momento, sino que se centra en contar una historia y lo hace muy bien.