Apegos feroces

Apegos feroces es un libro que cuenta la historia de Gornick, una mujer de mediana edad que echa la vista atrás en su vida y nos cuenta la relación con su madre y sus vecinas de barrio, especialmente Nettie, así como fue afrontando sus diferentes relaciones personales, qué falló y por qué. Todo siempre conectado al presente, donde ella pasea por las calles de Nueva York con su madre, ya anciana.
En Apegos feroces no hay una historia complicada detrás, pero tampoco es necesaria: el libro hace muy bien lo que quiere hacer, o esa es la sensación que da. Bien narrado, en el libro se puede apreciar que prácticamente todos los personajes principales, por no decir todos, son mujeres y donde los hombres ocupan un papel más circunstancial. Es un libro ligero y fácil de leer, pero que «esconde» temas profundos y con más injundia.
La relación con su madre y con su vecina Nettie, así como la influencia de ambas en su desarrollo, constituye uno de esos temas. Su madre adopta el papel de viuda eterna, heroica desde muy temprano en la vida de Gornick, se encierra en su dolor y lo convierte en su motor de vida, todo gira en torno a eso. Su vecina Netty, que curiosamente pasa por la misma situación que su madre, desarrolla un modo de afrontar la vida totalmente diferente, rechaza el dolor o ese apego al pasado, y se convierte en una persona extremadamente social y sexual, hasta un punto que interfiere en la relación de amistad que la unía a la madre. Gornick, casi inconscientemente busca su lugar en el mundo intentando diferenciarse de ellas dos, no quería ser una persona tan apegada como su madre, ligada siempre a un hombre, un amor casi por obligación, pero no quería ser tan abierta como Nettie, para quien nada parecía importar realmente. En esa búsqueda de su sitio, encuentra el nicho de lo intelectual, a medio camino de alguna manera entre esos mundos.
“Pero la costumbre de acusar y buscar la revancha es tan marcada que nuestras conversaciones últimamente resultan un tanto alocadas. —¡Ay, por lo que he pasado en esta vida! —suspira mi madre. —No has pasado por nada —le replico. —Hay que tener valor —me chilla— para decirme eso. Silencio. Enfado. Separación. Inesperadamente, su expresión se relaja y dice: —¿Sabes a cuánto está ahora el queso fresco? No te lo vas a creer. A 2,58 la libra. Y yo estoy dispuesta, estoy dispuesta. Cuando veo la furiosa autocompasión desvanecerse de su rostro, permito que la mía se evapore.”