La vida privada de los árboles

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La vida privada de los árboles

Alejandro Zambra

Leído en 2024 ·2007 · 128 páginas

En La vida privada de los árboles, Alejandro Zambra nos cuenta una historia breve. Julián espera a su mujer Verónica, que está tardando más de la cuenta en volver a casa, y, mientras lo hace, reflexiona sobre su vida y sobre lo que lo llevó a estar allí, en aquella casa, con Daniela, su hijastra. El libro se desarrolla casi por completo esa noche, con Julián mirando hacia atrás, pero también hacia delante, imaginando cómo será la vida de Daniela y la suya propia en unos años.

La vida privada de los árboles es un libro que merece la pena. Es corto, sí, pero es capaz de transmitir en pocas páginas tanto que, sinceramente, ojalá durara más. El monólogo de Julián, porque el libro es prácticamente un monologo (a excepción de algunas conversaciones), es brillante. La forma en que narra su pasado nos permite conectar con él de manera casi automática, es cercano, ligero, real, como si en vez de leer un libro de cien páginas estuviéramos leyendo la segunda parte de una historia.

Para mí sin ninguna duda lo mejor del libro es la sensación de angustia y desamparo que el autor es capaz de infundir, y la manera tan sutil que tiene de hacerlo. La situación por sí misma no es especialmente agobiante, Verónica parece que tarda en llegar del trabajo, pero con una narración maravillosa Zambra nos traslada el miedo de Julián, que parece tan tangible, que a cierto punto de la historia ya ni me planteaba que algo terrible le había sucedido a Verónica, sería solo cuestión de tiempo que el libro me lo confirmara. Sin embargo, la idea fundamental sobre la que se basa el libro es otra, es la necesidad de Julián de ocupar su mente con recuerdos, pero también con conjeturas sobre el futuro. Estas suposiciones van desde los futuros novios de su hija de ocho años hasta imágenes de su propia vida, de sus padres o de sus relaciones fallidas.

“Por lo demás, en Chile no es tan grave dar clases de poesía italiana sin saber italiano, porque Santiago está lleno de profesores de inglés que no saben inglés, y de dentistas que apenas saben extraer una muela -y de personal trainers con sobrepeso, y de profesoras de yoga que non conseguirían hacer clases sin una generosa dosis previa de ansiolíticos.”