Las chicas

La autora, Emma Cline, nos presenta a Evie como una mujer adulta y aburrida, que se escandaliza cuando una pareja de jóvenes, el hijo del dueño de su casa y su novia, irrumpen en la casa donde ella vive. La conversación con esa pareja lleva el relato años atrás, a la California de finales de los años sesenta, donde crecían el movimiento hippy y numerosas sectas, y donde también lo hacían a su vez muchas sectas. En esa historia, Evie, que era una adolescente tímida, es arrastrada a lo más profundo de una de ellas, movida por una fascinación que ni ella misma comprende. Los cambios de la adolescencia, sus ganas de ser querida, de ser aceptada y el enorme miedo al rechazo. Los primeros deseos sexuales, y la sensación de estar perdida se mezclan para dar lugar a un personaje principal muy creíble, con una voz adolescente con la que me he sentido identificado más veces de las que me gustaría confesar a lo largo del libro.
Una de las cosas que más me ha gustado es la forma de dar el punto de vista de las mujeres, directo, explícito y sin intentar maquillar al personaje ni convertirlo en otra cosa distinta de lo que es, una chica de catorce años, que poco a poco se va dando cuenta del orden de las cosas. El libro también deja pinceladas de fondo que me han parecido muy interesantes:
La vida vacía y plana de su madre, cómo se encuentra atrapada en una adolescencia perpetua, buscando un hombre y su aprobación, sacrificando su propia integridad física y emocional solo para sentir algo.
La relación con su padre, que va cambiando a medida que Evie madura. Cuando el libro comienza su padre para ella era una persona sofisticada que se había cansado de la simpleza de su madre, y se había marchado a vivir la vida con una mujer mucho más joven. Él representaba la libertad, el control de la situación. Sin embargo, Evie se va dando cuenta de que es un hombre más, con los mismos miedos e inseguridades que todos los demás, le llega a repulsar incluso que su alegría diaria fuera comer helado al volver del trabajo.
Por último, otra cosa que me ha llamado mucho la atención son las relaciones de poder y adoración que se daban en el rancho, especialmente hacia Russell, un pobre hombre sin ningún talento, capaz únicamente de engañar a un puñado de adolescentes haciéndoles creer que él era una especie de mesías.
La adoración llega a tal punto que son capaces de hacer cualquier cosa por él, sin preguntar, sin rechistar, no porque estuvieran obligados, sino porque se sentían parte de una familia, de una comunidad y harían cualquier cosa por protegerla. Me pareció especialmente cómica la parte final, cuando los hechos salen a la luz, y Russell lo niega todo, como si ni siquiera las conociera, cuando había sido tratado prácticamente como un dios por toda aquella gente.
«Yo me quedé mirándome los pies rojos, con la marca de los zapatos. Pensé en lo apretujados y raros que se veían, en lo desproporcionados, y en cómo me iba a querer nunca alguien con unos pies como esos.»